Con la victoria entre las manos nos fuimos a matar, como un animal que no quiere compartir su comida, como el mortal deteniendo el reloj en el mejor momento, como el justo enemigo que reconoce que sin su viejo rival nada sería igual. Por un trofeo sin dueño, parecía estúpido luchar por algo que nunca tuvimos mientras nos sentíamos juntos, que era lo que más importaba, eso pensábamos.
Pero todo cambia cuando la hora llega, cuando el tiempo parece no parar donde queremos que se detenga, y todo gira entorno a un momento que ya murió, no fuimos fuertes para sostener lo que nos hizo triunfar, alcanzar una corona compartida cuando todo después terminó siendo una gloria con caída.
Midiéndonos como locos, en busca del puesto que aspirábamos lograr juntos, ahora ya perecía como oso en su guarida, ya no servía para mirarnos a la cara y reconocernos como cada noche lo hacíamos en nuestro hogar, y ya apenas la cama se hacía, el trono con corona pero sin unidad. Los reyes de nuestras sonrisas habían acabado por llorar y dejarse llevar, ese viento que era su último consuelo, su premio y su castigo a cambio del olvido era lo que sin miedo hacía su trofeo, destrozando sus sueños.
Ahora verían como todo lo que les unía no sería más que un juego, donde diablo e infierno verían como el amor que les sostenía les destruía y les mandaba al fin de sus días. Acabarían con ojos de nostalgia, echando de menos un abrazo de verdad y una mirada de complicidad, un pasado que dejaron atrás por no valorar lo que se querían en pos de añorar la libertad que les condenó al mismo inframundo.
Ya no habría cabida para esos dos enamorados que se dieron todo hasta quedarse vacíos, compartieron todo lo que les podría por dentro y por ello acabaron por ser engendros sin alma y ya sin cuerpo, sin corona y sin premio, más que aquello que comparten y que en ellos se quedará hasta el final del final sin que puedan rectificar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario