3 de septiembre de 2017

El enigma de quedarse solo

Nunca he podido comprender por qué hay gente que muere sola. ¿ Tan mal lo hicieron ? ¿ Tan erradas fueron sus acciones como para encontrarse ajeno a la realidad de vivir rodeado de gente ?

No hay forma de explicar cómo, viendo pasar millones de personas cada día frente a nuestros ojos, somos muchos los que no tenemos a quien dirigirnos. Algunos, ni siquiera a quien hablar. Quizás todo sea algo más que una mezcla de inconformismo, timidez y cobardía; pero la realidad es que hay veces que, cuando queremos hablar, nadie tiene oídos. 

Claro, es evidente que estamos hablando de forma metafórica. Veo oídos por todos los lados. Pero por todos es sabido, o eso tiendo a creer yo, que hay una distancia destacable entre tener algo y darle un uso. Quizás obviamos que el sentido de las cosas lo encontramos en el otro, que será aquél o aquella con el que coincidas en llamar al árbol, árbol, y a tu casa, hogar. Quizás.

Por eso, se hace tan necesario para todos (sí, el autónomo, la independiente, tú tampoco te libras querid@) un espejo en el que mirarnos y en el que no salgamos siempre nosotros. La vida es algo mucho más inmenso que lo que ven nuestros dos ojos. Porque sólo son dos. 

Aunque, gracias a los demás, y a la empatía que desarrollamos y ejercitamos a diario cuando descubrimos todas estas ventajas, podemos ampliar nuestro campo de visión, nuestras perspectivas sobre todo tipo de expectativas y experiencias. No así de lo contrario.

Pero, ¿ qué pasa con los que nunca están solos ? ¿ Están realmente acompañados ? ¿ O disfrazan su soledad con ruido y gente indiferente ? ¿ Acaso no todos los males y problemas desaparecen cuando te conformas, y resignas tu desdicha a algo trivial como respirar ?

No es sencilla de tratar nuestra amiga la soledad. He logrado amarla, pero aún así siempre me acaba doliendo. Creo que no es más que un ejercicio de supervivencia extrema en un mundo (esta vez, en minúsculas) donde las reglas están para cumplirlas en la tumba.

Pensemos: una vez, hubo un tiempo donde jamás pensaste que pensarías en el tiempo que llevas sin tener una de esas conversaciones que te embalsaman el alma, o las veces que has llegado a casa con las mismas ganas de ser tú con las que saliste (el que te mira cuando te quedas solo frente al espejo). 

Pero el temporizador da sus últimos coletazos y todos queremos salir en la foto. Todos queremos ser inolvidables. Pero no pensamos, por más que queremos, y cuanto más queremos recordar nos olvidamos de no olvidar que quienes nos recuerdan no son los hechos, sino las personas.

De ésas mismas de las que nos alejamos cuando no nos entienden. O cuando nos destrozan y nos recuerdan que somos vulnerables. Que nunca perdemos el miedo. De ésas mismas por las que seguimos apostando cada día que nos levantamos, deseando que no nos compliquen demasiado la mañana, o que nos miren cuando necesitamos dejar de ser invisibles.

Un enigma el de sentirse solo que carece de misterio. Siempre puedes empezar con un hola. Lo demás es un mar de posibilidades donde entra encontrar lo que con seguridad no hallarás dentro de ti. Está ahí, entre gente que aún ni conoces, esperando para colarse entre las ausencias.

Para reparar la máquina cuando se rompe. Sólo que no eres una máquina, y lo que creías una debilidad es ahora tu mayor fortaleza.

6 de marzo de 2017

Mi otro eres tú

Olvídate de excusas; no mereces todo este daño que te desgarra donde nada más te cura sino la fortaleza que de ti brotará cuando ni siquiera seas consciente. Así que no te sientes a esperarte porque no te has ido a ninguna parte. 

Ese horizonte que brillaba tanto te tenía cegado, y no fue insano, pero sí enfermizo. Y ahora, tras una fiebre difícil de curar, te desprendes de tu pesar, porque no hay nada ya que lo sustente. Las pruebas del delito hoy han prescrito; no queda rastro de aquel ladrón que se llevó lo que a ti tanto te sobra.

Amor. Que no es poco, y mucho mejor así. Porque como droga, no hay una más letal. Su peligro reside en la fuente de suministro. Aunque por todos es sabido que nadie necesita de algo que ya tiene. Y lo tienes. 

Tú eres la fábrica de esos sueños con los que ahora te despiertas aterrorizado. Después de todo, uno no aprende nunca lo que significa ser adulto. No al menos a tiempo. Con un poco de suerte y no sin un poco más de esperanza, tiempo que pasará sin que te des cuenta y que te llevará por lo desconocido como un elemento más.

Su rostro aparecerá como un fantoche, desdibujado y, en el mejor de los casos, semejante a un cuadro de Picasso. Porque sí, la herida siempre deja una cicatriz, y en ti está lucirla como signo de aprendizaje y fortaleza. Porque es imposible que sea el fin del mundo si tú sigues aquí.

Celebra lo que pasó para que puedas recibir de buen grado todo lo que hasta ahora has ignorado. Yo aprenderé de ti.

18 de enero de 2017

Baldosas hechas de historias

Ahora se revelan historias que nunca antes han sido entendidas y todo el mundo ignora, y aun así, con el tiempo entre manos, les preocupa tanto lo que viene que se olvidan de escuchar que, como las modas, todo vuelve en cuanto obvias que pertenece al pasado.

Porque ignorarlo es todo un acto de temeridad como de valentía. La experiencia acumulada nos hizo volar como especie y ver nuestros límites desde fuera. Aunque resulte en apariencia sencillo, no es fácil explicar todo lo que las cicatrices del ser humano pueden contar. De hecho, en vez de crear gratificación tras su superación, nos embriagan el alma y nos inunda de dolor actuar como pasajeros a punto de dejarlo todo atrás.

Pero parece necesidad olvidar, porque sólo así uno puede regresar, y disfrutar con ansia lo que hizo a otros, o a nosotros mismos, en algún momento, vomitar. Es, tan sólo, muestra de la ironía del juego del bien y el mal, de cómo todo forma parte del sistema natural de diversidad y ambigüedad. Porque donde duele, inspira. Cuando uno falla, aprende.

Causa y efecto en tiempos de silencio. De escapar de un futuro incierto ahora que mirar atrás se parece a caminar sin suelo. Del riesgo de vivir tan centrados en no tener miedo por avanzar que volvemos a ignorar. Las manos de los demás, los recuerdos que nos hacen eternos, los momentos de felicidad donde el tiempo pasa a ser una cuenta atrás.