Ahora es cuando la razón manda y el corazón limpia, cuando la tierra es tan dulce como el mar donde bañamos nuestras dudas. El momento perfecto para lanzarse de lleno a por la bola del Mundo y saborear cada centímetro de tierra, de aire, de piel. La ocasión que dicen perfecta, otra versión distinta y más amable de la vida y sus sinsentidos me corroe y me alivia. En esta ocasión tan perfecta he oído que el tiempo hará que razón y corazón acaben por mimetizarse y expulsen toda su rabia, todo el dolor acumulado. Así, un buen día apareceré y no sabré que la vida se voló sin saber muy bien a dónde, llevándose con ella toda mi existencia en pequeños fragmentos que contienen sabiduría y sangre a partes iguales.
El rojo es, sin duda, el mejor maestro para llegar al conocimiento, pero es tan peligroso que nos puede hacer olvidar quiénes somos, sin que podamos recordar la razón de cada latido, sin que aspiremos de nuevo otra bocanada de ese aire, de esa tierra y de esa piel tan fresca como ama de mi ser. Por ello, irse sin saber dónde origina un nuevo por qué, pero se responde con la respuesta más fácil y más sencilla, con la espontaneidad del no saber, del creer para ver. Así contestamos a la pregunta más difícil y más compleja, aquella que nos hace levantarnos cada mañana mientras está en nuestro poder libertador decidirlo, la que hace que rendirse no sea una opción entre el argot de respuestas posibles. La verdad, un doble juego que combina de miedo con esta nueva situación.
Salir corriendo sin olvidar que el miedo no es más que una mochila con mucho peso, coger el tren o el avión dirección perderse, y volver a por alguien que ya no está, que te espera allí y allá sin saber que ya no quiere encontrarte. Sonreír con peor sentido del humor. Escribir y sólo querer escaparse de donde nadie quiere irse, sobrando motivos para no ser de este Mundo. Y mira, parece que hoy es un buen día para que éste sea el primero de toda una nueva vida.