Paso a paso. Así dice mi reloj. Que no se me ocurra por un momento pensar en el momento de avanzar de verdad, de medir la vida en sentimientos, en experiencias, y no en números.
Calmado, me sigue diciendo. Es pronto porque es tarde, así que respira y descansa, pues no vas a llegar. Y yo y mis ganas se despiden de un alfabeto cuento que no entiende de reglas ni normas, tan sólo explicaría el momento más intenso, aquél en el que siento todo lo que pienso y sin pensarlo lo hago porque me he demostrado que puedo hacerlo.
La verdad es que no encuentro el momento para seguir siendo yo sin convertirme en la persona que todos rechazan. Alguien irresponsable, un poco loco y descuidado en formas, lo contrario al protocolo, pero nunca lo igual al resto. Sólo es que no quiero que mi vida se base en pequeñas melodías, sino en una gran sinfonía donde un instante se convierte en felicidad, y la conciencia sucumbe al encanto de la canción que honorifica el fin de los días.
Por lo que fue, por lo que era y no es, por lo que permanece, inerte ante el paso del tiempo, por lo que se mantiene firme ante los ojos de la muerte; por ello mi esperanza no decrece, espera no desaparecer, sino permanecer. E intensamente se marcha sin volver, y vuelve pero no se ve.
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