Decepcionante el ver caer de sus brazos la inocencia por la que tanto luchó en sus últimos días como persona libre. Con pasos que se arrastran hasta la máxima entre locos, con la mirada buscándose a sí misma, perdida entre el repertorio de intentos fallidos, de mares de sal, de besos incontables. Por ende, intangible la capacidad para derrotar al vértigo hasta ahora, simulando al niño que todos llevamos algún día dentro; en él, tan intacto que me robaba la razón.
Sí, lo reconozco, me robó y se llevó de mí todo. Pero, sin embargo, seguía sin anexionarme a él, sin fundirme cuando sus tan calientes manos rozan mi ser y la existencia se vuelve un juego de niños. Ahora sólo dice lo que quiere decir, para que algún día la inocencia vuelva en forma de bumerán y atropelle a sus enemigos. Su cuerpo sería una dura muralla y la mejor diana, seguiría formando parte del juego cuando me conquistara sin armas, sin que se derramase la fuerza que compone la espada que atraviesa un corazón.
Ese yo ya no es tan libre, y se encuentra cercano a lo que un día fue su reflejo ante el espejo. Mi lluvia serían las lágrimas sobre las que bañar todas mis entrañas, y me daría cuenta de que sólo fui yo mientras podía ser él. El premio al juego no sería mimetizar sus movimientos, sino encontrar el sentido de ellos y aprender a no llorar cuando pierdo. Y él, la muestra de un árbol caído en soledad, la muestra de que nada existe si no es nombrado. Es el miedo el que le hizo tan fuerte como inválido. Se ha llevado de mí lo que le pertenecía, y sin querer ha perdido la batalla, porque lo que se llevó no le hizo ganador.
Indefenso, se mira y no conoce al luchador que un día fue si bien con tanto acierto, y las yemas de sus dedos ya no hablan por sí solas. Sangran tanto que es el inicio de su final. Se aleja de mí tanto como yo de él. No comprende que el niño se despide, que llora porque lo que fue un juego para él se ha reducido al hecho de sobrevivir, y lucha para el final se aleje todo lo posible. Tal como hicimos todos, llora porque ha perdido un juego que no puede ganar, y se pretende como un temido humano cuyas armas carecen de dignidad. Un juego de niños que nunca acaba si no se quiere acabar. La madurez construye toda una serie de pruebas que hay que superar, donde la sangre graba a modo de mandamientos los consejos que darán sentido a las reglas de un juego real de la vida y sus sinsentidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario