26 de mayo de 2014

Naces solo, mueres solo

El todo empieza a temblar. Se desquebraja. Se parte, se desune, se desvincula de todo un ser. Las piezas están desperdigadas, y puede que nunca se encuentren. Puede que nunca más encajen. Puede que nunca hayan encajado. Lo que sé con certeza es que ya no queda nada de lo de antes, pero tampoco queda nada ahora. Es sólo el vacío tras la ocupación, postergando el esperable momento de dejar hueco a la incertidumbre, dejando hueco donde el espacio que te porta te distancia del resto y de ti mismo. 

Tan despacio como ver hundirse a un barco. Tan ligero que se lo lleva el viento. Tan triste y solitario como cada pieza de este puzzle humano. Es sólo soledad vendida al por menor, traída desde sus propios intentos por desaparecer, inexplicable con los libros en la mesa, tan sólo concebible cuando uno admite que se rinde, porque perdido ya lleva un tiempo, y tan razonable que las causas y las consecuencias acaban por aunarse para juntar fuerzas. 

Y lloras tanto que al final no hay rostro, y es el proceso en retroalimentación el que va a acabar desencadenando más y más soledad. Así te encuentras cuando proyectas hacia fuera y tus sentimientos no se regeneran, cuando perderlo todo no es lo único que puedes perder. A veces, cuando caminas, sentir que uno es tan libre como solitario ya no es un arma de doble fijo, sólo acaba convirtiéndose en nuestra manera de perecer, de ser previsores y anticiparse a la muerte cruel y despiadada, y las lágrimas acaban por ser el único mar donde se reflejan todas las emociones que nos construyen hasta el día de la Sentencia final. Pero no son más que invenciones, fruto y producto del instinto animal, mecanismos de control de nuestro tendencioso argot contra la propia autodestrucción. La esperanza de que algo recompensará todo este dolor, nada más.

Nos engañan, nos engañamos y seguimos forzando la vida por el mero hecho de buscar las razones a lo inconcebible, por el propio miedo a desconocer. Tras cada decepción, abogamos por la siguiente y escribimos un relato donde gobierna el caos, que nos recuerda que tan sólo los remordimientos nos caracterizan, y por ello la cohesión con el Mundo natural se hace tan improbable que la agonía acaba llamándose madurez; esto es, cuando acabas reconociendo que los demás tienen su propio lado hacia donde mirar al mar. La soledad ya no es más, sino todo. 

22 de mayo de 2014

Mirarse no es recíproco

Qué mas da que las cosas que haga estén bien o estén mal, si los resultados siempre son los mismos. Siempre igual. Buscando una pregunta que conteste a la realidad, reservando la respuesta que me ayude a encontrar lo que no existe. 

Me resigno, no existe. La amistad se fragmenta con el vil paso del tiempo. Me choco tantas veces con la misma historia, la que intenta explicarme todo lo malo que hago de mi existencia, comparándolo todo y no valorando nada, ignorando las señales que me hacen olvidar el recuerdo de una historia, aún tan viva como mi latir.

Mientras tanto, sigo perdiendo el tiempo luchando por adquirir una historia que no es mía, rechazando la línea de la mía propia. Todo parte de mí y termina en mí, sólo que busco desesperadamente razones para explicar lo mal que me sienta saber que la vida real es sólo una versión más. 

La única versión que habrá para mí. Y me preguntaré una y otra vez por qué me duelen los demás, y seguirá doliéndome por no realizar la pregunta adecuada. Y no será la adecuada porque mientras vaya en forma de pregunta no se sentará de tú a tú con la respuesta. 

Por tanto, seguiré toda mi vida anulando la capacidad que tengo para ver la realidad, como parece que dicen que supone que es. Asimilando que recordar no parece pero es mi mayor enemigo, sangrando sin manchar, aprendiendo que no hay mayor desprecio que olvidarse de lo que sería y no es uno mismo. 

20 de mayo de 2014

Habitaciones sin ventanas

Se me da tan bien callarme que al final la duda ha hecho de mí una persona fuerte. He callado y sigo callando porque temo hablar y de vuelta llegar a un rincón no reservado para mí, pero sin querer me hundo en un fango sucio y mugroso que ha estado encerrando la libertad en habitaciones sin ventanas. Sigo temiendo el día en el que por fin pueda salir de donde nunca he estado, temiendo el presente por vaticinar un futuro tan sucio y mugroso como lo que siento hacia lo que retiene mis palabras. 

Miedo, cobardía. Qué mas da cuando ya no queda tiempo para una excusa consolidada. Yo mismo construí mi celda. Y siguen sin salir de mí las ganas que tengo de gritar. Y sigo sin más en un paisaje derruido y manchado de marrón, temiendo la coraza que me protege y me aísla, me separa y me deshumaniza, me suplica y me hace llorar, limita mis palabras y las excusa por pura incertidumbre. 

He llegado a un punto donde mi cabeza no da más de sí porque cada vez que llega a su meta argumenta con un no todas las oportunidades que se han ido por no haber escogido el camino correcto, por no haber asumido las razones que tenía para viajar contracorriente. Siguen las trampas que mi propia medicina rechaza. Como la alergia que olvida quién fue el verdadero enemigo, las cuestiones que se miden por el miedo no las conocen ni mis propios enemigos. No hay viento que destile tanta contradicción cuando la duda sólo me sirve para perderme cada vez que me encuentro. Al igual que no tiene sentido que la capacidad que tengo para escapar de todo se convierta en la llave que se pierde por el desagüe. 

Homo homini lupus. 

7 de mayo de 2014

Lo que necesitaba saber

Imagina que ya no tienes tiempo para amar ni sentir más ese dolor que parece arrancarte cada pedazo de lo que decían ser tu corazón. Cuando lo imagines, sabrás lo que te quiero decir. Y es que lanzarse a la piscina no parece tanto reto cuando la diferencia entre nadar y hundirse no resulta tan desagradable. Lo digo porque no entiendo, a estas alturas, quién osa desafiar a los sentimientos que le definen y que le hacen encumbrar el cielo. Amar es, por lo tanto y sin duda, la máxima entre las apuestas que, separadas de la razón, atienden a sus razones. Nos produce saciedad y desahogo, ira y pasión, y toda esa serie de locuras que, sin duda, se alejan de la infelicidad. Y es, por ello, una opción que resulta inconsiderable, por lo que sufrir resulta el sacrificio necesario que exige una gran responsabilidad, y ésta es ser humano y no un animal. 

Aunque bien nos parecemos a ellos en todo, bien debemos considerar la situación cuando el cielo se ha vuelto negro y las lágrimas reclaman su protagonismo que el amor no permite excepciones ni descarriados. Tan sólo nos recuerda que nuestra vulnerabilidad no es del todo mala; de hecho, parece resultar ser la característica que nos permite cambiar y aprender. El dolor es el aviso de que hay algo que has de integrar en ti mismo, es la huella que aclara la investigación, es el arma que dispara contra el enemigo y te da una mejor vida. Nunca hay que olvidar que cuando se llora se expulsa todo lo que no nos ha servido de nada. Llorar es el manual para los incansables en el terreno de las emociones, el fin que da paso a todo un principio que, sin duda alguna, despierta al corazón que tanto tiempo se quedó soñando y que, enfurecido, se convierte en dragón, que arde y suda tan salado que se ahoga buscando una razón que no obtendrá hasta que perdone al amor y vuelva a considerarlo la mejor religión. 

3 de mayo de 2014

Competencia leal

Me puse a llorar porque no entendía qué estaba haciendo. Este Mundo es demasiado, y demasiado poco me corresponde para todo lo que pienso de él. La verdad que lloraba porque no entendía de qué va todo esto, pero ahora empiezo a comprender. Comprender que una lágrima no vale nada si no tiene utilidad, sin importar el mensaje que quiera contar. Empezar por los principios y terminar donde cambian su nombre, sin poder atisbar ni un solo bache, y sentarse a esperar a que nada de esto cambie, esperando el cambio que me cambiará. Y no puedo porque no me rindo, porque siento esperanza y medio, pero porque sigo sintiendo esa sensación que me recuerda que sigo aquí. 

El Mundo me recuerda que no es tan fácil salir de aquí, pues no dejaré de ser su esclavo hasta que no aparte de mi ser todo lo que lo justifica como tal. Así es; abandonar los principios por algo mucho mejor, tal vez algo que te permita sonreír sin explicar por qué, o quizás un final donde todo lo humano deje de ser humano y podamos hablar de otra cosa que no sea parte del Mundo. Por fin, valorando todo aquello que nos está separando, siendo capaces de seguir mintiéndonos mientras soñamos con lo que nunca podemos ser. Algo tan ajeno a nosotros y tan lejos de nuestra naturaleza. Donde el egoísmo deja de ser el motivo de nuestra lágrima, donde el mar sepa jamás salado, donde eres único por lo que vales y no por lo que tienes, por lo mucho que sonríes sin necesitar una excusa y llorando con la cara descubierta.

Parece mentira que mi deseo parezca tan natural cuando está sacado de la rabia que grita en mi interior, deseando no desear lo que por natural asumo y, sin embargo, tan lejano en mí que no consigo apartarlo. Y se acerca, a veces se acerca y me susurra que siga acertando, porque algún día la esperanza no será lo último que se pierde y necesito ser fuerte, y en un giro converger hasta mi objetivo. Romper con todo lo establecido y que todos lloren conmigo, siguiendo el camino que los libere de sus propias cadenas.

Cultura, cinismo y sociedad, de la mano apuntan a la libertad, mientras no saluda tan decepcionada sin que la reconozcamos. Nos entiende pero no comprende cómo la vulneramos sin hacernos nosotros mismos daño. Sus manos ya no tienen a quien cobijar, y suspira porque este Mundo es demasiado malo. Se acerca el momento de gritarnos para mirar al otro lado, hasta donde el fin sea el principio de algo distinto y la envidia no sea natural. Un Mundo donde no haga falta gritar para ver la realidad, donde puedas ser tú sin alimentar la envidia que nos tapa los ojos y vacía el poder de nuestra voz.