28 de junio de 2014

Los barrotes no sólo son de metal

En un lado se sienta y no espera a que la vida le sorprenda, pensando infeliz que habrá un destino que le indique cuál es su camino de vuelta hasta morir. Se intriga con cada vida que ve pasar, se inclina y llora hasta que decide ser un poco más curioso. Frena, siempre el miedo aguarda a proteger a sus crías, sólo reconoce lo que conoce y no conoce nada. Es un lobo con piel de ingenuo, tan desdichado que nunca imagina por temor a saltar la raya que le mantiene a salvo. Sin darse cuenta, sólo se encarcela en una celda de la que pocos salieron con una sonrisa, aunque siempre pensarían que su lugar allí estaría, haciendo esperar a la espera del que espera de la fe sus respuestas. Y no hay que confiar hasta que haya un imposible por superar, la fe, la esperanza no será el escudo que te proteja sino el que te aparte de todo eso que te permite estar vivo. Porque la sangre no es un síntoma de debilidad, es un recordatorio para aquéllos que apuestan demasiado, mientras que la suerte solamente sorprende a los que se declaran portadores de una bandeja que no coteje límites. 

Desde fuera, al hombre le gritan otros hombres que han temido hasta ser consumidos por su propio mal juicio. De sus lágrimas sólo se deduce el suicidio y de su voz se puede oír la palabra destino. Un sino mal escrito que acabó como el olvido de su único cometido; luchar hasta que no haya nada que combatir, creer hasta convencer y desechar todo el poder que material se define hasta la eternidad. La verdad de cada uno sólo resulta sacar el lado malo de la humanidad. La diversidad de todo un Mundo a la de cada uno postrada debe estar, y si no hay fe, habrá que tener fuerza para aguantar lo que a cada uno le espera por no vivir en consonancia con su libertad. Ahora gritan más, se enfadan cada vez más. Que ahí siguen y seguirán hasta que se olviden de olvidar. 

17 de junio de 2014

A caballo ganador

Se me olvidan hasta los buenos días frente al espejo. Por reconocer sólo veo un cuerpo malogrado, tan apagado que cualquiera diría que siente algo más que culpa. El tedio ha hecho de él algo ajeno a lo que pueden ver mis ojos. Con cada día que pasa le conozco menos. 

Arrastro los días cargados de nostalgia y de miedos, llevando por muerto todo aquello que se ha quedado dentro y no ha podido salir. Me marcho y se marcha conmigo, pues no es mío ni tampoco ajeno; es más bien un juego en el que el fin ya no tiene remedio, tan sólo osa aspirar a menos, ennegrecerse con la mirada que se apaga cuando la luz del alba no dice nada y es tan fría que arde. 

Protejo todo lo que me queda para que algún día algo me describa y sea sincero con todos los que nunca estuvieron, aquellos que siempre hacen lo que yo quiero, disfrutan sin temor y no reprimen tras su propio reflejo lo que nunca ha existido, lo que siempre se ha quedado aquí. Y me recuerda que de nada sirve el miedo cuando la cobardía no es la culpable. Y me susurra que huya por donde no encuentro respuesta. Las cosas más sencillas son capaces de cargar con la mayor de las mentiras.

Pero es mucho más que una cuestión de valentía. Se trata de atreverse a decantarse por un final con complejo de inicio y con tanta falta como con la que se fue por gritar y echar de más sin tener motivos, tan sólo conocer los límites de lo infinito. Y perdonarse a sí mismo para poder aceptar todo lo que venga por detrás, para no decaer, o peor, para no volver al inicio que jamás puede ser como la primera vez. 

15 de junio de 2014

Ases

Todo transgrede a nuestro alcance cuando nos rendimos y asumimos la derrota, y con ella la pérdida de la batalla contra el resto y contra la esperanza. Sin querer, entregamos más de nosotros con el fracaso que con la victoria; sin pensar se van todos los ases de nuestra baraja a otra baraja sin cortar. Y aquí empieza un juego donde el ganador ya no es un vencedor, tan sólo un simple afortunado que enseguida el tiempo pone en el lugar que sin querer tanto reclama. 

Hasta su respiración le hace sentirse un desdichado, pues su más profundo dolor se refleja en las pocas ganas que tiene de avanzar cuando tiene la caída asegurada. El juego le será inútil si no tiene con qué jugar, su destino está escrito desde el minuto en el que empezó a caminar por la más absoluta de las incertidumbres, y todo ello le hace un cobarde sin ases y con una partida que no acaba de terminar. Se pregunta hasta cuándo es factible continuar perdiendo manos y cada día que pasa se da cuenta de que ha perdido su propia batalla cuando se ha rendido ante los demás. 

No sé lo que entiende y hasta dónde llega a comprender, sólo se viste cuando espera algo que puede estar al llegar, sin abalanzarse a ello, sin estar esperando continuamente un tren a sus pies que uno mismo ha de inventar. Así, la partida sólo será un juego y la vida puede ser cualquier cosa que desees. Porque la paciencia no es la habilidad para dejar marchar la oportunidad de escapar, sino la de saberte labrar un destino que hable de nosotros para los demás y que siga guiándonos hacia aquello que nunca está y seguir justificando la necesidad de encontrarlo. 

Mientras tanto, la batalla no es más que un juego que afila sus miedos contra el pobre jugador al que le aterra su propio miedo de avanzar y no encontrar nada, cuando nada es siempre algo más que con lo que uno viene. Poco a poco, se rinde y retira sus bazas por desconocer su valor, ignorando que la única comprobación se encuentra en el juego y no en el miedo. Ni siquiera es capaz de recordar por qué sigue jugando, por qué algún día empezó, olvidando que todo juego es otra lección donde lo más apropiado para ganar es disfrutar y no ser el ganador, rehusando de lo que por desgracia le separa de su condición humana. Continuar es su verdadera batalla.