En un lado se sienta y no espera a que la vida le sorprenda, pensando infeliz que habrá un destino que le indique cuál es su camino de vuelta hasta morir. Se intriga con cada vida que ve pasar, se inclina y llora hasta que decide ser un poco más curioso. Frena, siempre el miedo aguarda a proteger a sus crías, sólo reconoce lo que conoce y no conoce nada. Es un lobo con piel de ingenuo, tan desdichado que nunca imagina por temor a saltar la raya que le mantiene a salvo. Sin darse cuenta, sólo se encarcela en una celda de la que pocos salieron con una sonrisa, aunque siempre pensarían que su lugar allí estaría, haciendo esperar a la espera del que espera de la fe sus respuestas. Y no hay que confiar hasta que haya un imposible por superar, la fe, la esperanza no será el escudo que te proteja sino el que te aparte de todo eso que te permite estar vivo. Porque la sangre no es un síntoma de debilidad, es un recordatorio para aquéllos que apuestan demasiado, mientras que la suerte solamente sorprende a los que se declaran portadores de una bandeja que no coteje límites.
Desde fuera, al hombre le gritan otros hombres que han temido hasta ser consumidos por su propio mal juicio. De sus lágrimas sólo se deduce el suicidio y de su voz se puede oír la palabra destino. Un sino mal escrito que acabó como el olvido de su único cometido; luchar hasta que no haya nada que combatir, creer hasta convencer y desechar todo el poder que material se define hasta la eternidad. La verdad de cada uno sólo resulta sacar el lado malo de la humanidad. La diversidad de todo un Mundo a la de cada uno postrada debe estar, y si no hay fe, habrá que tener fuerza para aguantar lo que a cada uno le espera por no vivir en consonancia con su libertad. Ahora gritan más, se enfadan cada vez más. Que ahí siguen y seguirán hasta que se olviden de olvidar.