17 de junio de 2014

A caballo ganador

Se me olvidan hasta los buenos días frente al espejo. Por reconocer sólo veo un cuerpo malogrado, tan apagado que cualquiera diría que siente algo más que culpa. El tedio ha hecho de él algo ajeno a lo que pueden ver mis ojos. Con cada día que pasa le conozco menos. 

Arrastro los días cargados de nostalgia y de miedos, llevando por muerto todo aquello que se ha quedado dentro y no ha podido salir. Me marcho y se marcha conmigo, pues no es mío ni tampoco ajeno; es más bien un juego en el que el fin ya no tiene remedio, tan sólo osa aspirar a menos, ennegrecerse con la mirada que se apaga cuando la luz del alba no dice nada y es tan fría que arde. 

Protejo todo lo que me queda para que algún día algo me describa y sea sincero con todos los que nunca estuvieron, aquellos que siempre hacen lo que yo quiero, disfrutan sin temor y no reprimen tras su propio reflejo lo que nunca ha existido, lo que siempre se ha quedado aquí. Y me recuerda que de nada sirve el miedo cuando la cobardía no es la culpable. Y me susurra que huya por donde no encuentro respuesta. Las cosas más sencillas son capaces de cargar con la mayor de las mentiras.

Pero es mucho más que una cuestión de valentía. Se trata de atreverse a decantarse por un final con complejo de inicio y con tanta falta como con la que se fue por gritar y echar de más sin tener motivos, tan sólo conocer los límites de lo infinito. Y perdonarse a sí mismo para poder aceptar todo lo que venga por detrás, para no decaer, o peor, para no volver al inicio que jamás puede ser como la primera vez. 

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