Nunca he podido comprender por qué hay gente que muere sola. ¿ Tan mal lo hicieron ? ¿ Tan erradas fueron sus acciones como para encontrarse ajeno a la realidad de vivir rodeado de gente ?
No hay forma de explicar cómo, viendo pasar millones de personas cada día frente a nuestros ojos, somos muchos los que no tenemos a quien dirigirnos. Algunos, ni siquiera a quien hablar. Quizás todo sea algo más que una mezcla de inconformismo, timidez y cobardía; pero la realidad es que hay veces que, cuando queremos hablar, nadie tiene oídos.
Claro, es evidente que estamos hablando de forma metafórica. Veo oídos por todos los lados. Pero por todos es sabido, o eso tiendo a creer yo, que hay una distancia destacable entre tener algo y darle un uso. Quizás obviamos que el sentido de las cosas lo encontramos en el otro, que será aquél o aquella con el que coincidas en llamar al árbol, árbol, y a tu casa, hogar. Quizás.
Por eso, se hace tan necesario para todos (sí, el autónomo, la independiente, tú tampoco te libras querid@) un espejo en el que mirarnos y en el que no salgamos siempre nosotros. La vida es algo mucho más inmenso que lo que ven nuestros dos ojos. Porque sólo son dos.
Aunque, gracias a los demás, y a la empatía que desarrollamos y ejercitamos a diario cuando descubrimos todas estas ventajas, podemos ampliar nuestro campo de visión, nuestras perspectivas sobre todo tipo de expectativas y experiencias. No así de lo contrario.
Pero, ¿ qué pasa con los que nunca están solos ? ¿ Están realmente acompañados ? ¿ O disfrazan su soledad con ruido y gente indiferente ? ¿ Acaso no todos los males y problemas desaparecen cuando te conformas, y resignas tu desdicha a algo trivial como respirar ?
No es sencilla de tratar nuestra amiga la soledad. He logrado amarla, pero aún así siempre me acaba doliendo. Creo que no es más que un ejercicio de supervivencia extrema en un mundo (esta vez, en minúsculas) donde las reglas están para cumplirlas en la tumba.
Pensemos: una vez, hubo un tiempo donde jamás pensaste que pensarías en el tiempo que llevas sin tener una de esas conversaciones que te embalsaman el alma, o las veces que has llegado a casa con las mismas ganas de ser tú con las que saliste (el que te mira cuando te quedas solo frente al espejo).
Pero el temporizador da sus últimos coletazos y todos queremos salir en la foto. Todos queremos ser inolvidables. Pero no pensamos, por más que queremos, y cuanto más queremos recordar nos olvidamos de no olvidar que quienes nos recuerdan no son los hechos, sino las personas.
De ésas mismas de las que nos alejamos cuando no nos entienden. O cuando nos destrozan y nos recuerdan que somos vulnerables. Que nunca perdemos el miedo. De ésas mismas por las que seguimos apostando cada día que nos levantamos, deseando que no nos compliquen demasiado la mañana, o que nos miren cuando necesitamos dejar de ser invisibles.
Un enigma el de sentirse solo que carece de misterio. Siempre puedes empezar con un hola. Lo demás es un mar de posibilidades donde entra encontrar lo que con seguridad no hallarás dentro de ti. Está ahí, entre gente que aún ni conoces, esperando para colarse entre las ausencias.
Para reparar la máquina cuando se rompe. Sólo que no eres una máquina, y lo que creías una debilidad es ahora tu mayor fortaleza.