Mientras juego con la noche se oye un
reproche que se acerca, que se esconde, y no sé a dónde, pero siento que es lo
mejor para mí. Porque no creo que sumirme en las sombras esté bien, con los
ojos cerrados se ven muchas cosas que usando los ojos no se ven. Como caballos
desbocados, estábamos programados para volar sin alas hacia la humilde
libertad.
De aquí a allá sólo puedo ver mis
huellas caminar. La luna y los astros se ocultan, apenas se iluminan. La noche
está clara y mi mente aun más, pero quiere descansar. Tengo miedo de no poder
llegar al final del sendero, que mis huellas dejen de alumbrarme, de mostrarme
mi pasado y mi futuro y ver que no estás.
Noto la lluvia caer sobre mis pasos, los
de siempre, ni más ni menos. Unos se marcan bien sobre la tierra, o la nieve, o
el césped. Otros van desapareciendo, presas del frío o del olvido. Mi nombre,
mis apellidos, ni siquiera sé hasta dónde he ido para acercarme hasta ese lugar
eterno del que no me he podido hasta hoy desligar. Mil experiencias guardadas
en una gota de lágrima, o de rocío... Ya no distingo el dulce del salado. Las
promesas y las dudas, todas fueron en el mismo sorbo.
Me encuentro perdido, porque no
encuentro el rumbo, porque no lo he marcado, porque sólo quiero huir de este mi
vacío. Quiero descansar, pero no recuerdo nada. No puedo retroceder, deseo
seguir. Ya no me queda tiempo, he de decidir. Quiero y no puedo, ya la vida y
el tiempo me descubren, y creo que aunque duela, tengo que andar y caminar,
llorando pero evolucionando. Un nuevo loco ha llegado a su meta y todos los
demás quedarán esperando a mi llegada mientras el tedio y el tiempo hagan de su
desgana una vida con fin mal aprovechada.