Parece que el tiempo se escribe de un cuento de pesadillas y alguna que otra trastada, de esas que nos sitúan de nuevo en una paradigmática ambigüedad, dejándonos a la deriva en un limbo de prohibición y libertad. Es aquí donde sin duda residen las aventuras más épicas, aquellas que, trasgrediendo las normas de lo material y lo reconocidamente real, supuran algo más que todo lo demás. El momento en el que las cadenas son tan sólo eslabones de un férreo metal.
Aquí nace la libertad con un sentido, el de derrocar nuestras propias limitaciones evadiéndonos de todo recuerdo, de toda sociedad, para dirigirnos nuevamente a nosotros mismos, sintíendonos desangrar hasta que aceptamos que los sueños no construyen realidad, no al menos como tal. Es todo más inocuo. Se trata de superar la barrera del que lo sueña por el que lo vive, de no perdernos entre los monstruos de nuestra cordura.
Significa una lucha por el sentido para sentirlo. ¿ No son acaso nuestras locas manías de querer lo que nos mantiene por un momento como héroes de nuestra propia vida ? Libres o liberados, queridos o querientes, algo mucho más que seres vivientes sin alma y siempre dependientes de los latidos de algún corazón. No podemos ser nada más que algo mejor. Es por eso que la felicidad no conoce límites, al contrario que lo que llaman realidad. Es por eso por lo que sentir nos hace olvidar que existimos para recordarnos cómo somos. Pero tal vez, y sólo tal vez, sentir deje de ser nuestra prioridad para ser la medida que da valor a todo lo existente.