Aquel dandy sacado de cualquier barra de bar que malvivía de lo poco que su ego le regalaba, las migajas de la ignorancia convertida en el más básico cinismo humano; la plena consciencia de que era capaz de llenar su falta de humildad con falsa felicidad concedida a modo de trofeo a aquel que le aspira. Tras anticuado perfume y ahogado tras su hipo por la cerveza, se atreve a documentar por recuerdos su malestar; putrefacta la idea de encontrar honestidad donde siempre había mentira. No se atrevía, sin más, a mirar por una vez de verdad, tal vez porque le falta valentía de tanto fardar, tal vez esté tan vacío de tanto querer dar, de tanto estafar.
Aquel desdichado poco consuelo le va a quedar cuando resuelva la ecuación; creíste robar lo que faltaba y acabaste yéndote sin nada y con la energía gastada. Y ya no sé si sabrías si un solo recuerdo es más fuerte que cualquier copa en cualquier bar, con cualquier mirada acechando para dejar constancia de tu vuelta, aunque vuelves a tu vida, o a eso que se le parece, y nunca más a la suya. Su derrota es tu victoria, pero algún día cambiarán las tornas.
Mientras tanto, sigue celebrando que algún día se te acabarán las ganas porque no te quede nada más por ganar y tan solo busques querer. Ahí comenzarás a reconocer la derrota, en la ruina absoluta. Descargarás las armas y querrás poner fin a la partida. Turno perdido, ya no hay nada que valga. Da lo que debes y vuelve a la cama, te espera otra noche larga; la barra aquí espera a todo aquel que ignora que amarse es imposible sin antes amar. Tus delirios de grandeza solo adquieren validez en la jaula donde el ostracismo te hizo rey.