2 de febrero de 2016

A un paso de la libertad y a dos de la felicidad

La ruptura representa el dolor. Y un clavo saca a otro clavo. Pero, ¿ y si no hay nada que sacar ? Verás, no es que no sea capaz de amar. Al contrario. Amo demasiado. A veces incluso no sé dejar de hacerlo, pero dudo que no haya una manera diferente, nunca demasiado utópica, de amar sin que duela. Y es que verás, mi pensamiento delirantemente hegeliano cree fielmente que amar es dejar de ser para ser más, por lo que siempre espero no sufrir para llevarlo a cabo. Amando todo lo que hago, lo que me rodea, apreciando lo que a ojos del mundo parece invisible, ignorando insensibles e insensibilizados, y esperando no exigir sin respetar de antemano; así me siento más humano.

Si bien es verdad, y en eso tampoco peco de necio, que en cada resquicio humano se escribe una historia en potencia de manifestar algún ápice de dolor. Nuestra misteriosa y numinosa genética porta dolor desde el minuto uno en el que respiramos. Pues vivir solo es posible si no estás muerto, si desapareces aunque haya un cuerpo que posea tu recuerdo; es por ello un útil recordatorio. Pero no he conocido una forma de desatarse de la condena humana que sofisticando sus propias armas, aliándose con el enemigo, dando paso a la tara de la maquinaria, el defecto que en efecto nos permite amar y pasar de querer ser alguien a simplemente ser para sí.

¿ Es amar la libertad ? No, pero es la manera más humana que he conocido de ser libre. Y sí, puede doler, pero siempre que ello guste. Pero nunca ha de ser refugio del sufrimiento; al contrario, sea la llave que nos desata para unirnos libremente unos a otros. Amar es liberar al dolor del sufrimiento. Nunca podría ser el rincón donde el pudor o el temor me repudie o la tristeza me invada. Nunca para mí. Yo solo soy esclavo de mi derecho a amar. Algunos lo llaman prisión, y yo lo llamo hogar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario