La ruptura representa el dolor. Y un clavo saca a otro
clavo. Pero, ¿ y si no hay nada que sacar ? Verás, no es que no sea capaz de
amar. Al contrario. Amo demasiado. A veces incluso no sé dejar de hacerlo, pero
dudo que no haya una manera diferente, nunca demasiado utópica, de amar sin que
duela. Y es que verás, mi pensamiento delirantemente hegeliano cree fielmente que amar
es dejar de ser para ser más, por lo que siempre espero no sufrir para llevarlo
a cabo. Amando todo lo que hago, lo que me rodea, apreciando lo que a ojos del
mundo parece invisible, ignorando insensibles e insensibilizados, y esperando no exigir sin respetar de antemano; así me siento más humano.
Si bien es verdad, y en eso tampoco peco de necio, que en
cada resquicio humano se escribe una historia en potencia de manifestar algún
ápice de dolor. Nuestra misteriosa y numinosa genética porta dolor desde el
minuto uno en el que respiramos. Pues vivir solo es posible si no estás muerto,
si desapareces aunque haya un cuerpo que posea tu recuerdo; es por ello un útil recordatorio. Pero no he conocido
una forma de desatarse de la condena humana que sofisticando sus propias armas,
aliándose con el enemigo, dando paso a la tara de la maquinaria, el defecto que
en efecto nos permite amar y pasar de querer ser alguien a simplemente ser para
sí.
¿ Es amar la libertad ? No, pero es la manera más humana que
he conocido de ser libre. Y sí, puede doler, pero siempre que ello guste. Pero
nunca ha de ser refugio del sufrimiento; al contrario, sea la llave que nos
desata para unirnos libremente unos a otros. Amar es liberar al dolor del
sufrimiento. Nunca podría ser el rincón donde el pudor o el temor me repudie o
la tristeza me invada. Nunca para mí. Yo solo soy esclavo de mi derecho a
amar. Algunos lo llaman prisión, y yo lo llamo hogar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario