Todo transgrede a nuestro alcance cuando nos rendimos y asumimos la derrota, y con ella la pérdida de la batalla contra el resto y contra la esperanza. Sin querer, entregamos más de nosotros con el fracaso que con la victoria; sin pensar se van todos los ases de nuestra baraja a otra baraja sin cortar. Y aquí empieza un juego donde el ganador ya no es un vencedor, tan sólo un simple afortunado que enseguida el tiempo pone en el lugar que sin querer tanto reclama.
Hasta su respiración le hace sentirse un desdichado, pues su más profundo dolor se refleja en las pocas ganas que tiene de avanzar cuando tiene la caída asegurada. El juego le será inútil si no tiene con qué jugar, su destino está escrito desde el minuto en el que empezó a caminar por la más absoluta de las incertidumbres, y todo ello le hace un cobarde sin ases y con una partida que no acaba de terminar. Se pregunta hasta cuándo es factible continuar perdiendo manos y cada día que pasa se da cuenta de que ha perdido su propia batalla cuando se ha rendido ante los demás.
No sé lo que entiende y hasta dónde llega a comprender, sólo se viste cuando espera algo que puede estar al llegar, sin abalanzarse a ello, sin estar esperando continuamente un tren a sus pies que uno mismo ha de inventar. Así, la partida sólo será un juego y la vida puede ser cualquier cosa que desees. Porque la paciencia no es la habilidad para dejar marchar la oportunidad de escapar, sino la de saberte labrar un destino que hable de nosotros para los demás y que siga guiándonos hacia aquello que nunca está y seguir justificando la necesidad de encontrarlo.
Mientras tanto, la batalla no es más que un juego que afila sus miedos contra el pobre jugador al que le aterra su propio miedo de avanzar y no encontrar nada, cuando nada es siempre algo más que con lo que uno viene. Poco a poco, se rinde y retira sus bazas por desconocer su valor, ignorando que la única comprobación se encuentra en el juego y no en el miedo. Ni siquiera es capaz de recordar por qué sigue jugando, por qué algún día empezó, olvidando que todo juego es otra lección donde lo más apropiado para ganar es disfrutar y no ser el ganador, rehusando de lo que por desgracia le separa de su condición humana. Continuar es su verdadera batalla.
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