Me puse a llorar porque no entendía qué estaba haciendo. Este Mundo es demasiado, y demasiado poco me corresponde para todo lo que pienso de él. La verdad que lloraba porque no entendía de qué va todo esto, pero ahora empiezo a comprender. Comprender que una lágrima no vale nada si no tiene utilidad, sin importar el mensaje que quiera contar. Empezar por los principios y terminar donde cambian su nombre, sin poder atisbar ni un solo bache, y sentarse a esperar a que nada de esto cambie, esperando el cambio que me cambiará. Y no puedo porque no me rindo, porque siento esperanza y medio, pero porque sigo sintiendo esa sensación que me recuerda que sigo aquí.
El Mundo me recuerda que no es tan fácil salir de aquí, pues no dejaré de ser su esclavo hasta que no aparte de mi ser todo lo que lo justifica como tal. Así es; abandonar los principios por algo mucho mejor, tal vez algo que te permita sonreír sin explicar por qué, o quizás un final donde todo lo humano deje de ser humano y podamos hablar de otra cosa que no sea parte del Mundo. Por fin, valorando todo aquello que nos está separando, siendo capaces de seguir mintiéndonos mientras soñamos con lo que nunca podemos ser. Algo tan ajeno a nosotros y tan lejos de nuestra naturaleza. Donde el egoísmo deja de ser el motivo de nuestra lágrima, donde el mar sepa jamás salado, donde eres único por lo que vales y no por lo que tienes, por lo mucho que sonríes sin necesitar una excusa y llorando con la cara descubierta.
Parece mentira que mi deseo parezca tan natural cuando está sacado de la rabia que grita en mi interior, deseando no desear lo que por natural asumo y, sin embargo, tan lejano en mí que no consigo apartarlo. Y se acerca, a veces se acerca y me susurra que siga acertando, porque algún día la esperanza no será lo último que se pierde y necesito ser fuerte, y en un giro converger hasta mi objetivo. Romper con todo lo establecido y que todos lloren conmigo, siguiendo el camino que los libere de sus propias cadenas.
Cultura, cinismo y sociedad, de la mano apuntan a la libertad, mientras no saluda tan decepcionada sin que la reconozcamos. Nos entiende pero no comprende cómo la vulneramos sin hacernos nosotros mismos daño. Sus manos ya no tienen a quien cobijar, y suspira porque este Mundo es demasiado malo. Se acerca el momento de gritarnos para mirar al otro lado, hasta donde el fin sea el principio de algo distinto y la envidia no sea natural. Un Mundo donde no haga falta gritar para ver la realidad, donde puedas ser tú sin alimentar la envidia que nos tapa los ojos y vacía el poder de nuestra voz.
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