7 de mayo de 2014

Lo que necesitaba saber

Imagina que ya no tienes tiempo para amar ni sentir más ese dolor que parece arrancarte cada pedazo de lo que decían ser tu corazón. Cuando lo imagines, sabrás lo que te quiero decir. Y es que lanzarse a la piscina no parece tanto reto cuando la diferencia entre nadar y hundirse no resulta tan desagradable. Lo digo porque no entiendo, a estas alturas, quién osa desafiar a los sentimientos que le definen y que le hacen encumbrar el cielo. Amar es, por lo tanto y sin duda, la máxima entre las apuestas que, separadas de la razón, atienden a sus razones. Nos produce saciedad y desahogo, ira y pasión, y toda esa serie de locuras que, sin duda, se alejan de la infelicidad. Y es, por ello, una opción que resulta inconsiderable, por lo que sufrir resulta el sacrificio necesario que exige una gran responsabilidad, y ésta es ser humano y no un animal. 

Aunque bien nos parecemos a ellos en todo, bien debemos considerar la situación cuando el cielo se ha vuelto negro y las lágrimas reclaman su protagonismo que el amor no permite excepciones ni descarriados. Tan sólo nos recuerda que nuestra vulnerabilidad no es del todo mala; de hecho, parece resultar ser la característica que nos permite cambiar y aprender. El dolor es el aviso de que hay algo que has de integrar en ti mismo, es la huella que aclara la investigación, es el arma que dispara contra el enemigo y te da una mejor vida. Nunca hay que olvidar que cuando se llora se expulsa todo lo que no nos ha servido de nada. Llorar es el manual para los incansables en el terreno de las emociones, el fin que da paso a todo un principio que, sin duda alguna, despierta al corazón que tanto tiempo se quedó soñando y que, enfurecido, se convierte en dragón, que arde y suda tan salado que se ahoga buscando una razón que no obtendrá hasta que perdone al amor y vuelva a considerarlo la mejor religión. 

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