Nubes de algodón, tardes de jardín, brisa eterna, y una cálida compañía, fiel como siempre y única entre todas. Pero aun así no consigo olvidar mi odisea... Olvidar de todo recoveco posible cualquier pensamiento que me prohíba evadirme de esta pesada realidad. Y cada día son más cosas las que llevo atadas y cada vez el tiempo se me reduce más. Y esas manecillas que no cesan, no paran aunque quiera, no dejan de recordarme a modo de cuentagotas cómo mi vida se echa a perder sin poder hacer nada. Odiar no poder controlar todo lo que me rodea, mientras giran las nubes de algodón y la brisa frota mis mejillas.
Pero tengo fe, es la única salida, y se que aunque la costumbre me haya hecho así, algún día tendré la fortuna de sentir el verdadero significado de libertad. La verdadera conducción hacia la felicidad, la única manera de ver la felicidad... Soñar hacia la verdad, saltar, correr, saltar hasta no poder más. Algún día llegaré a conocerme y pensaré: ¿Qué es lo que un día hice para ser lo que pude ser y no fui por querer buscarme y no encontrarme en un reguero de almas sin padre ni madre, lucharía hasta que se acabaran los días de calma y mentira, hasta que por fin me mirara al espejo y lograra reconocerme?
Hay amores que nacen, nos dan vida y momentos de felicidad. Los vivimos, los sentimos y los recordamos... nada más que efímeros recuerdos. Pero hay un amor de todos que nació condenado al día de su muerte... a su inexistencia... habiendo sido tan real. Es aquel que cada uno lleva dentro, condenado a ser un amor eterno.
Pasando todas las metas excepto superarme a mí mismo, objetivo final desde el principio, triste y vana existencia cuando ni hay agua ni hay fuego, que mezclados se quedan en nada y vaya si los pierdo. Por un momento sonrío aunque me engañe, volando encaré todos los momentos que me hicieron ser lo que soy, calle a calle, escalón y peldaños bajaban de arriba al suelo. Ahora no sé ni lo que quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario