Dicen que ha nevado y que las flores están esperando la espalda que las abrigue, el sol que las caliente, el olor que las caracteriza. Ya ves, no eres el único que aprende tras los golpes, ni mucho menos el que valora lo que pierde cada día mientras observa como se pierde en un mar de dudas. Hoy nieva blanco y algún día conseguiremos pintar hasta el último copo perdido porque así es como nos sentimos alguien en este Mundo tan grande como absurdamente existencial. Y es como que el tiempo pasa y las cosas se repiten, si bien no del modo que esperamos, y una eternidad se cierne sobre nuestros pasos a medida que siguen repitiéndose una y otra vez los gritos de los niños tras ver su primera nevada.
Hoy he recordado que no hace falta color blanco para ver nuestro propio retrato. Ahí, enmascarado, tú sigue llorando porque algún día todo esto que ves jamás podrás tocarlo. Así, las flores llegan a mayo y se perfuman para perfumarnos el corazón por todos lados. Soñando, sin nada que te agarre del brazo avanzas con los ojos cerrados a ver el blanco que siempre has soñado. Como cualquier ser humano, te extrañas porque no eres el niño que tanto habías soñado. Sigue nevando.
Esperas a que el viento sople a favor, y del frío eres presa. La nieve se amontona en los tejados, año tras año, y tú sigues aún encerrado en un Mundo que no lleva a ninguna parte. Las flores aplastadas, las mejillas coloradas, y ese par de lágrimas cristalizadas que con el vaho expiran ciertamente el dolor y el miedo a no avanzar y quedarse estancado como cada año en un largo invierno donde el blanco no deja espacio para el color del verano. Este largo invierno se ha llevado de ti tantos años que ni la fuerza de la inventiva del ser humano ha conseguido hacer de ti el héroe que el niño ahora rechaza. La calma es tu único castigo y el valor tu único pecado.
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