Especial sentir el frío haciendo rosas las mejillas ya rojas del ocaso maldito y dichoso en el que oscureciste mi mano en tu pecho. Estuve como días sintiéndome un alien, estuve por tirar la toalla pero la necesitaba para salir de ti. Y dentro de mí llevaba ya un par de días, encerrado y cabreado conmigo mismo, di zarpazo al tedio y me atreví a buscar remedios, los más duros fueron los primeros. Dolerá. Y quemará como hierro incandescente y como el hielo derritiendo cada paso que voy dando. Fui ciego del deslumbre, presa del miedo y de la mayor de las incertidumbres, el corazón se me paró. Estaba ahí, pero seguía dentro de ti. No sé cómo fue, pero te veía alejado y apagándote a la vez que yo me encendía y renacía en un Mundo aparte. Sentir tan cerca y estar tan lejos. Mi cabeza revoloteó cada salida, fuimos como pirámides a punto de llover, ese cielo opaco que sólo un rato llora y es igual de humano que el que tiende la mano a quien, moribundo, necesita sentimientos de afecto. Todos lloramos, todos oscurecemos nuestra luz y partimos del silencio más negro. Es aquí cuando nuestro billete deja de tenernos tan cerca de lo que más nos definió como especie, cuando las heridas ya no están sangrando, dando cabida al fin de nuestros días, el amor por no en vano abandonar el camino y subir hacia su cuerpo. Y es aquí cuando jamás nos diremos adiós a lo nuestro, y aquí donde te espero para vernos de nuevo. Aquí donde el tedio no acabará con mis sueños. Donde los niños no lloran porque no tienen a una madre que les amamante. Aquí te espero...
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