Cada día llegaba desolado del colegio a mi cuarto, pensando en qué podía hacer para dejar de hacerme tanto daño. Era la vida que me había castigado sin yo saberlo, dudando si de verdad era yo el malo. Me confundía la mirada que desde pequeño iba tras de mí. Difícil saber que con cada mirada se quedaban clavadas palabras de las que nunca me podré desprender. ¿ Y todo por qué ?
Porque jamás quise hacer nada malo, sino todo lo contrario. No es dañar a otro ser humano, sino quererlo y cuidarlo, como tú y como tú y como todos los seres a los que seguimos los pasos. Es esta sociedad la que individualmente nos roba mediante engaños para que hagamos lo que no sintamos y que el miedo nos maltrate hasta sucumbir en un ataúd. Pobre seré cuando ya no me queden fuerza en las manos para pegar el golpe que sin sangre rompe con la libertad de la que por sí merece cada uno de nosotros.
Mi historia no escapa de una derrota, de caídas y subidas a través de los tejados más escarpados que me protegían de todo lo que me pudiera hacer daño. Yo nunca fui uno más, raro algunos, yo diría especial. Porque los golpes que más duelen nunca tocan piel, yo me iba cada día atreviendo a no oponer con una mentira una verdad tan limpia. Comencé a entender que lo que esperaban de mí jamás sería lo que yo quería ser si no luchaba por hacerles entender que se puede ser humano amando a quien por regla no se está destinado.
No fue cosa de tiempo, fueron lágrimas que poco a poco se iban calentando en una taza de agua hirviendo, eran las mentiras con las cuales yo únicamente me decrecía las que me dijeron que hasta aquí los arrepentimientos. Sí, era cierto, no sería nunca lo que esperarían de mí; sería como una ala rompiendo el viento y la gravedad que la realidad te obliga a besar, para jamás ceñirme a sueños de los que no puedo escapar. Nunca jamás llorar porque ya sabía quién era. El niño que hizo todo lo que pudo por demostrar al Mundo que amar a tu sexo no es todo lo tiene para mostrar, y sin embargo nunca renegara de lo que con tanto esfuerzo le costara aceptar, que es tan libre que, inclusive, puede soñar con un amor tan evidente que se funde en unos labios entre hombre y hombre.
El niño que antaño lloraba en su cuarto encerrado por tiempo entendió que jamás hizo daño y que jamás logrará entender por qué algunos piensan lo contrario.
No hay comentarios:
Publicar un comentario