14 de octubre de 2013

La hija del Sol

Cuenta una vez una historia que había una niña tan pequeña que sólo se sentía grande en compañía, que sus miedos hicieron complot con sus recelos y sus tersos rizos hacían un juego de niños con el viento. En la feria sonara la música que la hiciera vibrar al son del voleteo de un colibrí con polen en el pico, y también sonaran los besos, los pequeños sueños de pequeños niños que piden algún día lo que tener desean. La historia de los rizos más rubios que jamás se pudieran ignorar, con dulzura alumbraba la mirada de cualquier adulto que por su lado pasara, color añil su vestido de princesa y sólo contestara con la sonrisa inocente de empezar a crecer. 

Con esa cara desenfadada que alegra los adultos hasta apagar la tristeza de sus miradas desafía al dolor cada mañana, apenas deja de brillar la melena de color miel, y en brazos llega con flores del parque para todos los que ve para que sean fuertes. Es consciente de que es distinta al resto, pero no quiere pensar que ello será lo que hará pintar el cielo para ver en él la esperanza en este momento. Y por sólo verla correr merece la pena vivir, por verla y acariciar su piel alejarían de la vista cualquier sonrisa. Sólo ella nos enseña a coger impulso para surcar este Mundo y volar.

Y aún todavía no puedo creer que no pueda seguir siendo la que ahora es, que el tiempo y la vida se pueda llevar de ella la inocencia de un corazón que todavía puede latir por su cuenta. No podría aguantar que algún día las lágrimas apagaran el rojo de sus mejillas, su color y su vitalidad, representantes de lo más bello que hay, su felicidad...

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