Secos, muy secos, los restos en aquella deshabitada habitación. Secos también los labios, irradiados de excesiva lujuria, esparcen las últimas palabras sobre el color corrido de la escena, fotografió sin sentido todo lo que encontró. Restos caducos de inviernos aparentemente maduros. Rosas marchitas por el Sol, muchos sueños incumplidos restan los restos de este dolor tan surrealista como verdadero. Era el momento de avanzar, de correr más bien. De dejar pasar el tiempo había tratado mi vida hasta que llegaron las miradas que lo delataron; ahí aprendí todo lo que le había querido, y sin querer, también vi lo que había estado perdiendo todo este tiempo.
Caía del cielo, parecía un ángel y todo lo que creía se desvanecía entre mil besos. Tan extraños como ingenuos, conocimos un Mundo extraño y distinto, parecía que jugaba distinto a nuestro intento, parecía que volaba cuando nuestros pequeños secretos formaron parte de la acción. La habitación por fin cobijaba algo más que a nosotros dos. Nuestros cuerpos parecían hechos por el mismo patrón, descosidos para alejar de esta existencia la perfección. Y ya ni el tiempo ni el viento que todo se lo llevó nos hacía creer que debíamos dejarlo pasar. Sólo podíamos amar.
Puede más cualquier sentimiento que cualquier capricho del destino. Sólo los sentimientos son capaces de dominarnos sin resistencia alguna. Y así era hasta que llegó la hora de gritar. Gritar tan fuerte como un jaguar cohibido de libertad. Desde que los pasos sonaron tan lejanos cambiaron los deseos, ni tan siquiera ya coincidían con los sueños. No existía nada de eso, ni tan siquiera existíamos nosotros. Mis ojos sólo podían oler el perfume de un sueño tan tangible como el sentimiento del amor, del dolor. Sólo los sentimientos juegan con la ventana de poderlos mirar, tocar, nos esclavizan hasta que el miedo o el tedio del tiempo vienen y te susurran al oído que nada ha sucedido. Y es cuando uno se da cuenta de que sólo existe para dar emoción a un cuadro ya pintado y sin ningún color.
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