16 de marzo de 2013

Una pregunta para la humanidad


Hacen muchos días de la lucha ardiente, de la necesidad desesperada, de los hábitos viejos y las modernas pistolas que poco a poco nos quitaron la palabra del dolor. No habría tiempo para nadie y mucho menos para nada, nada importante, nada que de verdad mereciera la pena. Las manos llenas de sangre y barro, ¿ es así como queremos que nos recuerden ? 

La guerra por los valores que nos inculcaron, a aquellos que también fueron inculcados por los primeros inculcadores pero será que esos inculcadores no tienen demasiado tiempo, inadaptable a nuestros tiempos. Y si de verdad la tradición fuera lo mejor, no sé qué pinta la moda aquí. Aquí los versos ganan a la gloria, y tan insignificante es la pena que se premia al que posee la arma y no al que deja la sangre en el suelo. Olvidamos vivir por mucho tiempo y ahora no sabemos reconocer lo ficticio de lo onírico. 

Y las lágrimas han sido olvidadas, los recuerdos encerrados, nada más queda de lo que vivieron, ni tan siquiera esta lucha es nuestra, pero nuestras almas danzaron bajo el fuego y se quemaron fuerte, un laberinto con camino encontrado donde sólo sabemos perdernos. Tan siquiera eso, locura y sangre, para aquellos que recogen las armas del suelo, las entregan al fuego y se atreven a vivir en una vida sin laberintos, donde las tradiciones no hacen traiciones, donde el agua cura la sed de los sedientos en guerra, donde la sonrisa y la Luna andan vivamente conjuntadas bajo la mirada ausente del que no quiere ver nada.

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