Por donde sopla una cálida brisa aparece una mariposa agitando sus alas con elegancia y esplendor. Toda flor que osa mirarla cae rendida a su encanto sobrenatural. Cada espacio que recorre es un sendero de libertad y pureza, y cada esfuerzo, una sonrisa.
Se eleva al vuelo con el aire otoñal, bate sus alas con mágico esplendor y deja pequeños suspiros en aquellos que no sienten lo que ella muestra. Y sigue con vuelo firme, avisando con firmeza que el misterio de la vida no es más que un baúl viejo con respuestas a todo un ser, un frágil presente que se desmorona con cada vuelo.
Vela por todo lo mágico y excepcional, todo lo intangible, que nos emociona y nos recrea, nos forma, nos hace. Al vuelo se entrega, desprendiéndose entre los valles y el aire que respiramos, que nos roza levemente.
Mas cuando termina su travesía, se posa en una linda flor, esa flor de la tristeza, del delirio, para decir adiós al mundo con donosura por darla la suerte de haber sentido todo lo que nadie más que ella podrá sentir.
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