Ella siempre supo la verdad. A cada lado la encontraba, abandonada, a su suerte. Llorando, le dio un lugar entre sus brazos, y así se la llevó. La proporcionó un hogar donde resguardarse de aquellas crueles y despiadadas mentiras que pretendían dominarle.
Sabía que algún día esta verdad crecería y querría descubrirse, salir y enfrentarse al mundo. Este día llegaría y ella quedaría sola ante el peligro, así que decidió desampararla en el mismo lugar que nació: el lugar más bello y puro de nuestro cuerpo.
Así continuó su amargada existencia, rodeada de envidia y falsedad y codeándose con las más agrias mentiras, segura de que nadie intentara arrebatarla lo que más valoraba.
Pero pronto comenzó a echar en falta su verdad, su libertad. Corrió, gritó y lloró; no podía ocultarlo más. Y cuando quiso mostrar ante el mundo la grandeza de la verdad de su corazón, todo aquello que la rodeaba se marchitó, se fue. El mundo se oscureció.
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