Jamás dije jamás. Y jamás la inspiración vino tras de mí. Fue algo azaroso, casual, lejano en el olvido del miedo, que arrastra las llagas y obliga a combatir para lo que no está hecho el hombre. Combatir y morir por las heridas o por el tiempo que, enemigo, nos ata a un manual donde la lección nunca se olvida. Queda calada en cada cicatriz en forma de recuerdo. Y yo espero a que jamás haga el intento de salir de esta cobardía que nos ata a este manual donde el miedo nos está condenando al tedio más absoluto.
A caminar sin camino, a entendernos con esta falta de iniciativa y de razón que contribuyen a la vorágine que nos absorbe, que en las urbes nos refugia de todo el tiempo que en deseos se pierde y se gana cuando ya nadie se esconde. Pesan los hábitos, los esclavos de los sueños, y todo aquello vuela con donosura porque el ser humano ha llegado a su límite. Se ha olvidado de por qué vive, y ahora sólo queda entre nosotros la incertidumbre de quedarnos a medio camino, sin guía, sin recuerdos, sin tiempo.
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