Parece que la paciencia se vistió y se viene hoy conmigo en la maleta. Este viaje será largo y pesado, pues va llena y el tedio hace de mi espíritu indómito una veleta esperando la bocanada de viento que le haga renacer. Es verdad, avanzan las horas y sigo sin llegar, sin apenas acabo de partir a un destino que no conoce nombres. Y tengo miedo.
La única razón por la que vivir en la oscuridad es querer ocultar aquello que nos hace soñar. Mi viaje empezará donde acabó; en las más profundas entrañas de mi propio corazón. Se parece un poco a lo que en vida conocí, un lugar donde respiraba putrefacción y con fortuna química similar a las flores que recogía mi abuela a granel. Dicen que allí uno puede respirar sin miedo a ahogarse, y que puede volver a ver a esa abuela que con cariño te levantaba mientras cambiaba de color el jarrón que amenizaba la habitación. Parece que no tengo nada que perder.
Sigo esperando para llegar. Oigo ruidos pero no puedo localizarlos, cada vez a cada hora consigo alejarlos de mi marchita cabeza. Es la señal para aceptar que un cambio se acaba de producir; la decisión correcta había llegado y ni tan siquiera estaba preparado para asumir que el tiempo de espera es el único tiempo que me queda. Es tarde.
Nunca imaginé que mis ojos se abrirían de nuevo. Una figura desempañada quedaba mezclada con la luz blanca que nos iluminaba; una mirada sin cara ni cruz ni nada. Tendía su mano hacia mi conciencia y mi maleta pesada, y sin ellas yo ya no era nada. Comprendí entonces que mi vida nunca lo fue; aquello que llevaba jamás lo valoré, me vendí al mejor postor y ofrecí mi alma al morir al peor de los castigos. Me iba de este Mundo sin que nadie me recordase por lo que fui, sino por lo que soñaba tener. Y sin querer, me dejé llevar con todo aquello me hacía ser yo. Un yo no impostor. Un retrato desvalido y raquítico de un alma tempestuoso esperando la calma tras varios siglos de estúpida sinrazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario