Te abro mi corazón a lo que ha quedado. No es mucho, ya lo sé, pero me da igual. Es lo que hay, y no pienso dar de más. Ya no queda, ya es sólo para mí aquello que tiene, jamás me robarán lo que hay dentro de mí. Me duele, se fue y aún me duele, lo reconozco, y sé que esto me hace más débil en su juego, pero yo tiro la toalla. Ya no juego, no quiero, y como no quiero no le quiero y pienso quererle. Es perder el tiempo en darme de bruces con la realidad madura del que vuela más allá de donde puede volar.
Estoy reventado, que no agotado, y quiero soñar real. Y escapar, como tantas y tantas personas de aquí, de allá, de nuestra historia y la que estará a punto de empezar cuando acabe de escribir. Quiero correr y no verte jamás, y sólo temo la mala suerte que siempre me acompaña y puede condenar mi huida en un encuentro sin igual. Donde tú esperes todo lo que obtienes de mí y yo me deba al instinto más firme de cruzar la calle sin cruzar la mirada. Así es como uno se define, por sus acciones, por el tiempo y la dedicación que dedica a lo que le hace único. Y por ti yo ya no soy ellos, porque no quiero porque no puedo, y lo verás como te mirarás al espejo y no te verás. Ni a mí tampoco, ya no.
Es ya sólo un recuerdo todo aquello, es el mago que vino a regenerar el vacío que sólo ocupa espacio, arrinconado para que no siga haciendo más daño. Le di mi mano, y por aquél que me trate como tu nunca me has tratado sigo construyendo los pedazos que este corazón se ha quedado y por ellos te extraño.
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