Ésta la historia del que no tiene vergüenza y le encantaría volver a nacer para poder volver a ser quien es, de quien inconscientemente revisa sus lágrimas por ver qué hay tras ellas, de quien marca los pisos bien fuertes para que se escuche su llegada y ni siquiera sabe a dónde quiere ir. Parece todo un grito a la furia de la muchedumbre, la que corta la cabeza al notable y al brillante por dar de comer al ignorante que sin pena ni gloria pasa de poco a mucho por un par de trampas al noble corazón del que se engaña, se engaña sin poder ver que ni su vida ni sus planes eran los correctos, de los que daría un par de "violetas" por un poco de amor, porque se le ha olvidado que siente aunque no lo parece.
Que sin su traje no sería tan respetado, un tiburón con piel de cordero y sin dientes, menudo por fuera y por dentro. Por miedo temblaba, iba hacia lo desconocido y no lloraba por lo que conocería sino por lo que dejaba ahí atrás, una vida de regalos que poco le hacía disfrutar, unas marcas de guerra negras como todo lo que había logrado formar. Todo un mar para perderse donde nadie estaría para quererle. Todo un mar de formas invisibles, de belleza entre el Sol y la Luna, su pelea eterna por quién reinará por siempre los Cielos, de victorias discutibles, de charol y escrúpulos secretos sumergidos a fuego lento por todos aquellos que se hundieron con ellos.
Cómo se enredó si nadie pudo ver lo que él sentía, un televisor apagado y él un bicho raro que amaba jugar con juguetes rotos y todo lo que no fuera real, un amante perdido y desdichado, dejaba a las damas por los negocios de lado y sólo entendía de números indescifrables, una solemne mirada perdida de más al Horizonte. Envidia y valor juegan con su corazón. Sentirse solo, sentir que nada ni nadie le devolverá a sus padres, se reunirá con ellos al hastío de ese bastión vacío de tanto dolor donde la mierda fue a parar al mar, donde dejará que la rabia que le sirvió para vivir de su maldad ahora pueda perdonarle para poder vivir, ahora sí, de verdad.
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