Hasta cuándo esta maldita decencia que anula todo lo que la gente piensa y me arruina hasta que el deseo se convierte en miedo para acabar en pena. Es trivial decir la verdad, no puedo, no quiero seguir igual, es conformarse con la estabilidad sin riesgo de fuga, es la impaciencia sentada en un banco, es el fuego cuando se enfrenta a otro fuego y acaba por incendiar todo lo que el hielo no ha podido.
No saber qué hacer para un buen día ser. El tiempo mirándome fijamente, tal como disimula hasta que hiere, y sus miradas son como cuchillos que se clavan sin que la sangre brote del corazón. El tiempo mirará porque me hace enfermar, me puede curar, y seguimos convirtiéndonos en desconocidos que siguen conociéndose en el momento más oportuno e indebido, luchando porque nuestro libre albedrío llegue a buen puerto y sólo conceda primeras oportunidades.
Así poder borrar de un solo soplido el aire que antes nos mantenía y hoy nos obliga a continuar, aunque vivir sólo sea morir ahogado. Cobrar sentido para el tiempo, que fue el único testigo de lo que ya es sólo veneno y fuego vivaz, siga contando para delante y nunca para detrás. Todas las noches puedo vivir y morir a la vez, a la vez que aprendo que la muerte sólo llega cuando el cuerpo se despega de lo único que en esta vida importa de verdad.
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