7 de abril de 2014

Aquél

Se quedaba absorto con el viento que chocaba contra el vidrio de las ventanas, contra el talento ciego del tiempo en arreglar lo que ya no tiene arreglo. Miraba tan de lleno cómo la vida le comía su ser, machacaba su ingenio, todas aquellas posibilidades de ser un nombre se hacían pequeñas porque su destino venía marcado por el miedo y las dudas, por el qué dirán que ya dijeron y en el que se aferraba y se identificaba para no ser repudiado de nuevo. 

Aquél pudo ser un gran hombre, lleno de armas para combatir todo lo nuevo, para salir y demostrar al Mundo entero de qué está hecho un conocedor de sus posibilidades y de sus responsabilidades. Sin embargo, se quedaba resguardado cada mañana bajo su sábana y su almohada, esperando que el tedio le recluya, como a todos, en un cuerpo cada vez más deteriorado para ser fiel al castigo del egocentrismo, el olvido. Ahí se ahogaban todas las aspiraciones que en él encerraba. 

Esta habitación era demasiado pequeña para conocer cada uno de sus desaires y delirios de grandeza por los que vivía y se hacía fuerte y menudo a la vez. No conocía y sin embargo reconocía todo un crisol de maneras de temblar, y con el Mundo por escuela se quedaba quieto esperando a despertar en algún sitio que no pudiese reconocer, apartado de la criba diaria de los iguales, destinado a viajar a lugares inhóspitos que aún quedan por explorar, donde pueda quedarse y nunca llorar, donde las reglas y las normas se establezcan como un simple reto a superar. 

Tan sólo el viento y una ventana han sido capaces de trasladarle a una carrera donde la rabia ya no es llorar. Un sino que acaba de comenzar, una nueva oportunidad en un Mundo donde no importe el sexo, la edad o la posición social. Un labrado camino que le lleva hasta conocer los entresijos de su propia alma, descubriéndose a sí mismo a partir de lo que ve en los demás. Y ser libre y que resulte tan natural como el cielo azul o gris que siempre acontece bajo nuestras cabezas.

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