Un saludo muerto en la puerta me hizo dormir por mucho. Fue como el momento más triste de la película, el actor lloró fuera del guión pero la cinta siguió rodando como un círculo que jamás tendrá vicio. Un salto mortal, pequeño de vueltas por girar, se acaba actuar porque toca vivir sin más. Quiere y se va a cerrar la puerta, la corriente no podrá soplar por mucho tiempo. Tiene que poder con los sentidos que dio al joven desvalido, ahora soy un ángel malherido y sus alas ha de desplegar. Abre el final, se distingue allá la tumba que hizo crecer la flor. Los restos del animal alimentado de amor y rabia, fugaz y breve ahora con fuerza estalla. Ya está, afinar, tocar por muchos lados, perfeccionar los gestos de los que no lloran por desdicha. Desencadenar la caricia que me dejó volar en la cama que me vio enfermar por su amor convertido en mucho dolor, lágrimas que nunca más serán de mar. Sólo el Sol me verá soltarlas en color felicidad...
Quiero que la herida se prenda con fuego del que dura por mucha fuerza, sopla el viento que le hace vibrar, el que rozaría el corazón más pobre que no es sino el que se larga tras la puerta. La del nunca jamás, bebe la sal que por dentro duele y por fuera te sanará. Adiós y mi cuerpo cayó en picado, por ahí se va la que fue mi mitad y yo me quedo incompleto. Vuelve a girar el tiempo, y con él un par de besos que doy al aire imaginando que aun no es demasiado tarde para que lleguen allí. Donde nos dejamos la vergüenza, donde conociste el miedo y yo la picardía, donde cada día era un juego al que estábamos dispuestos a superar. Ya es verdad que no me acuerdo de más, que cada vez consigo lo imposible cuando me lavo la cara y el alma, hago la cama y no espero de ti nada. La rutina se apodera y abandona todo lo que creía no poder dejar atrás. La mirada inocente en el barullo de la gente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario