Hoy yo ya me tengo que marchar, pero cariño, no dudes más, tus lágrimas servirán como el recuerdo de la belleza que siempre habrá entre los dos. Me marcho a un lugar lejos de tu mirada, porque aquí dentro te llevo y no te dejo marchar sin antes despedirme de tu cara de bebé. Y aunque estás dormido mañana al despertar lo agradecerás, no hubo momento más duro y más tierno que sentir que tenerte que decir adiós mientras me sonríes en sueños. Allí donde nos sumerges cuando no está de nuestro lado la suerte, el cariño con el que me cuidabas ha de ser devuelto al otro lado. Siento que el momento haya llegado, no en vano quiero decir que me hiciste muy feliz, pero ya es hora de que aclare lo que tengo entre manos. Esta carta se queda mucho de mí y tus labios y el resto hacen el completo. Poco a poco saldrá el Sol como cada día en el que en tu cama yacíamos perdiendo el valor y enfrentándonos al tiempo que detuvimos cuantas veces hicieron falta. Y mucho podré volver y devolverte lo que me llevo de ti cuando sepa que mi razón está en orden. Perdona por lo que nunca deberás saber, por irme y pedir que algún vuelva tu sonrisa a la mía mirar. Tu carita es como la profundidad del mar, la que arrastra consigo todo lo que la Tierra cree amarrar. Supongo que hay cosas que nos pertenecieron únicamente para regalar, cosas que nunca han de llevar nuestro nombre y por ello te dejo aquí sin más. Esperando, volveré, me dejé la vida nada más comenzar a escribir.
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