Fui el que llevaba por bandera la libertad y, por lógica, la
incertidumbre y todas esas cosas en las que uno cree pero que al final acaban
por ser únicamente peso en la espalda. Fue por eso por lo que decidí hablar y
ver lo que salía, sin pensar en lo que sería ser sin medidas. Las palabras
brotaban y entendí entonces por qué estaba mejor adentro, sumergido y
silenciado por soliloquios tan profundos que hablaran y acabaran afirmando que
este todo es, en realidad, una gran nada.
Por ello, encerrado. Por ello, angustiado. Pero, sin querer,
seguía construyendo mi propio exilio, allí, donde no existen enemigos, donde
sólo tengo que temer a lo que derrumba mi sed y nutre mis miedos. Es el precio
que tiene una vida de pura y exigente tranquilidad; una vida sin grandes
temores pero sin profundas emociones.
Y, moralmente, no hay nada tan parecido al suicidio. Como
tantas y tantas banderas cayeron ante la punta de una pistola, ayer y no mañana
perecen las ideas y triunfa el poder. Al fin y al cabo, no somos más que
descontrol, y por mucho que odiemos o huyamos, jamás nadie consigue olvidarse
de sí mismo, suplicando algo mejor. Es así como la batalla es más dura contra
un amigo, y el claro vencedor sólo es el que se mira a sí mismo y no lo
comprende pero sigue sorprendiéndose cuando sabe lo que quiere y cree que
puede.
Pero ahí no reside el problema, sino en la claustrofóbica idea
de que desde esta habitación no hay ni un solo rincón que se olvide de tu
nombre, cuando el nombre es el dolor y uno mismo ya no quieres ser. Y las dudas
acaban por sepultarte, cuando la elección es la libertad y el resultado es el
contrario al esperado, hasta que la bala rinde tributo al condenado que en su
exilio se olvida y se recuerda demasiado.
Mi voz aquí agoniza, y allí grita tanto como puede. Se le
escapa y me dice que no entiende como un solo soldado es capaz de derribar a
los demás, pues es allí y no aquí donde las palabras toman sentido, aunque un
día implique conocer y, por tanto, temer. Porque aquí, en la habitación donde
exiliado sólo sigo mis pasos, pudo ser el que fui y pude haber soñado, pero
únicamente allí es donde mi miedo a ser atacado está justificado. Y sin
embargo, el arma todavía sigue en mi mano.
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