Se muere la humanidad. El tiempo que nos toca tiene un más que embaucador olor a sueño vivido, sólo que en cualquier momento el abismo de la pesadilla acecha bajo el impecable control de una adicción.
No caerá su salud, tan sólo dormirá hasta que el reflejo de la muerte le avise de que las oportunidades tienen los días contados con mayor precisión de la que nunca antes fuimos capaces de concretar. Y ya.
Sólo quedará la imagen de nuestra viciada huella en un par de fotografías en una red social. Habremos cumplido como parte de una sociedad que sostiene sus cimientos con menos convencimiento de lo que sus fuerzas pueden aguantar.
Esclava de su propia magnitud, vive ahogada en una especie de melancolía en el pasado y la despreocupada mirada a lo que sus pies pisan y la elegida ignorancia hacia un futuro que no siempre abrumó tanto.
La desesperanza lleva por bandera la guerra encubierta de un 'sálvese quien pueda' donde no hay ni un sólo humano que no sea náufrago de su propia isla.
La distancia que hay entre nosotros sólo es el espacio necesario para mostrarnos todo lo que nos une, y de ello se han de alimentar las ansias que nos produce el deseo de la felicidad.
Admirar por encima de todo nuestra capacidad para amar lo que juntos producimos y ser justos cuando tenemos que parar en seco y determinar lo que en un momento dado nos identifica como diferentes al resto.
La ansiedad por encontrar nuestro hueco podría ser al fin sustituida por el lugar que nos pertenece como comunidad. De repente, todo se llena de posibilidades, y es ahí donde toda fe es completamente razonable.
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